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sábado, 19 de mayo de 2012

Ennio concluyó la lectura

Ennio concluyó la lectura de un texto atiborrado de astucias, lotófagos, historias, pretendientes, algún sueño y mucho de regreso, y sin decir palabra, levantó la vista hacia su anfitrión el augur, a lo que éste, sentado muy cerca en el amplio espacio del tablinum, respondió en confidencia:

—Tu mirada me confirma lo que ya tengo por sabido, que Emiliano conjuga felizmente las palabras, mas no parece capaz de decir las oraciones con soltura, ni tan siquiera las que son de su misma progenie. Buen testigo has sido el otro día, de su tropiezo, que no es el primero —el augur suspiró y miró brevemente al jardín donde, en otros tiempos, su muchacho solía gastar las horas de ocio y ahora era el campo de juegos de Lucio y Cneo, que en ese momento, con sus retozos invadían el diálogo de los adultos—. Mi querido Ennio, es por ello que, lejos de procurar que mi cariño sublime sus defectos, seré franco contigo: enumerándolos aspiro a que puedas ayudarme a encontrar algún remedio —el augur hizo una pausa como si quisiese ordenar sus ideas—. Su voz no diré que sea trémula pero es vacilante, lo que desdice de su continente que es animoso y esforzado; en un momento se eleva hasta la estridencia y en el siguiente se abate hasta parecer inaudible sin que exista algún concierto con el texto ni que mucho menos atienda a las exigencias del discurso. En pronunciación es igual a un bárbaro, casi nada se le entiende. Come sílabas, ignora pausas e inflexiones, corre desbocado hacia el final con tal de salir del trance. Si de ademanes se trata, aunque su voz fuese intachable, sus gestos dirían otra cosa. Entonces es más patente cómo toda sugestión que se le ha hecho es olvidada: se encoge, baja la cabeza, clava los ojos en el piso. Brazos en el aire sin garbo; sobre la túnica la mano crispada. Pasa con ellos lo que con la voz: movimiento y oración van a destiempo. Quietos en cambio cuando sí habría lugar para el gesto elegante, mientras en el semblante las pausas va marcando a capricho frunciendo el ceño o mordiendo sus labios. Otros dirán que es de muchachos tales torpezas, y que primero la práctica, luego la edad, le irán debastando. En ello estaría yo de acuerdo si no fuera por el hecho de que nada de esto sucede cuando lo dice en privado, al contrario, impecable es su ejecución y dócil acoge las correcciones que se le hacen, éstas incorpora a su bagaje sin que se le tengan que reiterar en demasía, pero en público toda imperfección es convocada, entonces sí que es otra cosa —el augur prosiguió—. Con Quinto no tuve este problema. Yo mismo a su edad, tampoco o quizás... —Paulo sacudió su cabeza— No, lo que en otro chico sólo serían vicios normales de oratoria, en mi hijo resulta un agobio. Por ello me pregunto: si es patente que tiene talento y apostura para ser un buen orador, ¿seré yo, oh dioses, quien ha estado fallando? —el augur dejó caer sus brazos con un gesto de desaliento.
  
El viejo Ennio, que se había mostrado paciente y atento mientras su amigo se descargaba, dijo:
  
—Calma, calma. Lucio, que el asunto no es tan grave; malo sería que el muchacho no tuviese ingenio, que lo tiene, lo que le hace falta es disciplina... como a mí —dibujó una fina sonrisa en su viejo rostro. Como artista, a diferencia de los aristócratas de Roma, había cosas que podía tomar con calma.
  
—Le falta disciplina —repitió el augur como si escuchara la frase por primera vez.
 
—No es tu culpa, Lucio —remató el poeta.
  
—Te conozco, Ennio —replicó Paulo con una mueca—. Me has dicho eso para que me sienta bien, pero lo cierto es que el muchacho me ha culpado.
  
—Te culpó.
  
—Sí, cuando pudimos hablar me dijo que nunca hubiese querido ir, pero que nada había objetado por deberme obediencia.
  
—Dijo bien.
  
Por primera vez, Paulo se agitó en su solio. —Mi querido Ennio, responde. ¿Crees que me hubiese comprometido de haber pensado que él no estaba preparado? Tú también opinas que hice mal —concluyó con el rostro grave.
  
—Lucio, deja ya de culparte que no va contigo.
  
El augur le miró de reojo. —Pues tú deja ya de afirmar que te falta disciplina.
  
El viejo sonrió, tomó el rollo de nuevo y lo recorrió con satisfacción una vez más. No se podía negar que el muchacho había alcanzado cierto conocimiento de Homero. Había que darle tiempo, ése era su consejo.
  
El augur se limitó a asentir, no esperaba otra respuesta de su amigo. Pero no se trataba de la formación de un poeta, se trataba de un orador. La impresión que había hecho en los Escipiones no había sido buena, y pronto, más allá de las suasorias, debía empezar con las declamaciones, que en modo alguno admitirían el recurso de leerlas en una tableta. Que tenía ingenio, ya lo sabía, pero qué era el ingenio si no tenía práctica ni aplicación. Nada. Tenía razón Ennio. Sólo la disciplina ofrecía todas las garantías para darle vuelco a este marasmo; pero, por dónde, oh dioses, por dónde empezar. ¿No era suficiente disciplina lo hecho hasta ahora?
  
—Ennio, Ennio, el muchacho tiene las cualidades necesarias para descollar; sé lo que tengo, es mi hijo. Hay otra cosa, sin embargo —se levantó—. Su actitud. Convengo en que su edad le disculpa, pero más allá de los ejercicios no parece comprender lo que significa ser un orador, mucho menos lo importante que es para su futuro, su carrera. Dime, Ennio, ¿cabe que alguien posea el talento pero no la inclinación, o que tenga la inclinación y se encuentre dormida? ¿Qué cosa se precisa para despertarla? —señaló el rollo— Si pudo escribir esto es porque hace tiempo que en su memoria se ha asentado el poema. Nada malo en ello, pero es inquietante comprobar que las letras le atraigan en grado sumo, a tal punto que amenacen el desenvolvimiento de su futura carrera. No objeto su amistad con el muchacho Afer, pero le está llevando de cabeza a la comedia. Una cosa es leer a Plauto y otra lo que piensan los viejos romanos al respecto, que porque quiero darle a mis hijos una educación helenizante, en lugar de hombres viriles, acabarán convertidos en una especie de pequeños griegos. Yo sólo quiero que aprendan, que conozcan, que por un lado sepan apreciar lo que hay en otros rincones de nuestros mares, que sepan de arte, de belleza, de cultura, pero que por otro lado, aunque Roma no es todo lo que hay, que Roma sea primero y ellos resulten romanos cabales, conque no busco que se zambullan de cabeza sino que apenas se mojen los pies en el Egeo, nada más. No estoy criando a un griego, estoy formando a un ciudadano romano, consciente de sus deberes y de lo que se espera de él. ¿Qué hacer?  
  
Ennio tosió antes de responder y se reacomodó en su asiento. —Tal vez debes ser su ejemplo.
  
—¿Yo, su ejemplo? No sé, él me ha visto cuando le he llevado conmigo al foro, a la curia, donde los magistrados, a los augurios.
  
—Te contaré algo —dijo el viejo poeta riendo—. El otro día estaba con él respondiendo sus preguntas sobre griego, y de pronto hizo la siguiente: si yo tuviera que comparar a su padre, a ti, con algún personaje de la Odisea, ¿quién podría ser?
  
—¿De qué te ríes ahora?
  
—Me río de lo que él dijo porque le devolví la pregunta.
  
—¿Quién se supone que soy?
  
El poeta hizo un esfuerzo por no soltar la risa y musitó:

—Atenea.

 —¿Qué dijiste?
  
—Atenea.
  
—¿Atenea? —repitió el augur— Qué cosas se le ocurren a este hijo mío —suspiró, luego pareció reflexionar en voz alta—. Veamos. El orador debe tener concentración, atención a los detalles, aplomo, seguridad, capacidad para diluirse en su representado, y dices que yo debería ser su ejemplo. Pues bien, mi querido Ennio, a mí se me acaba de ocurrir algo que podría ayudar.

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